Cuando comienza la llovizna de
campanillas lilas y naranjas de las jacarandas y de los flambollanos en las
medianías de la afortunada isla de
Gran Canaria, dejan un manto de flores a su alrededor porque lloran la ida de
los campurrios a la casa de la playa huyendo de la calufa. Le ponen alfombra de
colores violeta para homenajear a sus dueños y con su sublime belleza
engalana el paseo para la aristocrática despedida, al tiempo le
expresan con su llanto, lo mucho que aman los árboles ornamentales, a pesar de
ser abandonados o arrancados de la tierra para plantar frutales.
Entró el luminoso verano hoy, a los 9 minutos de la medianoche, acaban las duras faenas del campo y los deberes de los niños en los colegios; es momento de la cosecha -de frutas y de notas-, va siendo hora de ponerse el bañador, coger la toalla, y cambiar el cachorro canario de fieltro negro por el sombrero de paja amarilla con la cinta azul. Merecidas vacaciones para padres e hijos, junto a los que tengan abuelos, que mejor disfrutarlas a la brisa de los vientos alisios en cualquiera de nuestras hermosas playas, ¡no digamos nada, si es en la más radiante de todas ellas! Arena dorada con rayos de plata por el sol al amanecer, aguas transparentes más que la luz del mediodía por sus gotas de diamantes y su barra grande iluminada por los reflejos de las pepitas de oro al atardecer.
Antes, la gente fina y alta cuna de Vegueta tenía por costumbre trasladar a toda la familia al Puerto donde
tenían casa veraniega, otros iban
a Las Alcaravaneras o a La Laja, así fue como verdaderamente creció la actividad turística en la ciudad de Las
Palmas de Gran Canaria. Los campesinos se conviertan en pescadores, los
vegueteros en portuarios, los currantes en turistas, los magos en marineros,
todos cambian y se sienten encantados con el cambio, también del tiempo caluroso y del espacio natural.
Bajamos por las turbulentas carreteras en el fotingo que da
mil vuelta al mundo, y los que no quepan, van con los piratas o en el coche de
hora, que era el reloj para la suelta de la jornada, con transbordo final en el
hoyo del parque San Telmo, a las jardineras guaguas; poco duro aquella "La
Pepa", no la alcaldesa sino otro tren, un tranvía que iba de Las Palmas al Puerto con muchas paradas.
Bueno llegamos, como diría el chofer por la puerta de
atrás y a la calle, eso si, unos a
la chabola de madera, otros a su caseta de lona verde o azul con rayas blancas, y los pocos a sus casas de
piedra de Arucas, con su balcón canario de tea, incluso con
baño, agua caliente y corriente.
Nadie se preocupaba a pesar de ello, todos contentos, paz con la guardia civil,
y Jesús en el cielo, puesto que los
canarios son lo que tienen, lo llevan muy dentro del alma, la dignidad pero con
respeto al que manda, ¡y pobre el que no lo haga! Sus
necesidades eran las mismas para toda la gente, pero la hacían de forma diferente, unos a cubierto en el espacioso baño, y los demás, el gran resto, cubiertos
por la panza burro con el culo al norte que daba mucho más fresco y para que la meada no le moje si hacía viento.
En el muro Marrero no se podía pasar a la playa chica sin
descalzarse, claro los que tuvieran cholas o alpargatas recauchutadas, y se
estaba llena por el paseo con cuidado para que las olas no te mojaran; el agua
llegaba a la pared, incluso con la marea baja, no había tanta arena como ahora, ya que el viento la llevaba de
Guanarteme a los Arenales. Era el lugar preferido por los niños y niñas, que alegres jugaban,
e iban ilusionados a pescar, o como mi
hermana Luz en busca de los tesoros escondidos en los agujeros de los Lisos,
sorteando el resbaladizo muzgo de las rocas coleccionaban cangrejillas, conchas
de lapas, burgaos, caracoles, hasta esqueletos de erizos, que servían de abalorios para pulseras, collares y zarcillos que
adornaban a las princesas guanches o
guayarminas de los pueblos interiores de la Isla.
¡Que me gustaban los camarones!
Transparente su cuerpo, pecho rojo, sus ojos saltones negros y grandes bigotes.
A gloria me sabían, pelados, crudos, salados
con la espuma del mar que chocaba en la barra chica. Machacamos erizos negros,
de púas cortas para la gueldera,
que es carnaza para los peces, los de púa larga, para la tortilla de
erizo que le gustaba al abuelo y le cocinaba con cariño la abuela.
A primera hora de la mañana, diría de madrugada, o por la noche con la luz de la farola del
puerto y del faro de la Isleta, cuando
la marea esta completamente vacía, es el mejor momento, como
decían las viejos para echar
tranquilo después la siesta, "niños, a' pulpia a la marea". En una mano la fija de acero
con un trapo de sabana blanco, y en la otra, un palo de eucalipto para golpear
al pulpo y el balde de lata para conservar fresca y llevar comodamente la pesca. Siempre volvíamos de mariscar con algo para el caldero de latón de cobre: un pulpo, una morena, un centollo o un calamar; agradecían mucho las madres porque el
marisco no se puede comparar con las sardinas para ofrecer un buen enyesque antes
de almorzar. El padre y el abuelo también, daban buena cuenta en la
barbacoa que han construido con bloques
de piedra de la cantera de Galdar y una
rejilla de hierro hecha con los restos de las viejas nasas de los pescadores de
la Puntilla, prenderle fuego al carbón comprado al cambullonero, y
asar lo pescado en el día, después de haberlo descamado y quitado sus huevas y tripas en una
palangana de plástico azul oscuro en el charco
que hay en el Peñón.
El cuerpo cubierto por el salitre, el iodo y los rayos
ultravioleta, o sales pa'lante de la enfermedad o te lo quema. Antes que yo
sepa, no hablaban del cáncer de piel, sino de lo sano
que era bañarse en el mar, oler la seba,
calentarse en la arena, respirar los alisios, pero sobre todo escuchar el
murmullo de las olas que quita el stress dando serenidad y paz.
Algunos encantados o encandilados por la sirena de la Peña la Vieja, jamás volverán, venderán sus tractores de arar la
tierra para comprar los que limpian la ciudad. Es curioso antes se limpiaba
recogiendo los cosas que traía el mar, todo servía, con los palos y troncos de madera hacían hogueras junta a la orilla del mar, formaban un corrillo,
con un pisco de ron de Telde o el de la Aldea ardían mucho más, cantaban folias e islas, y algún poeta se tiraba a la arena para recitar preciosas
estrofas que elogian el océano Atlántico, los Pechos y Cumbres de la Isla, creyéndose Morales, Torón o Quesada, como el que yo ahora te voy a recitar de una
inédita poesía para los lectores de MT, que no tiene ningún ánimo de triunfar sino de
agradar a los demás con sus hermosas palabras, y
que al corazón te han de llegar, el
poema se llama "ESPUMA”:
Sobre las azules olas del inmenso Atlántico,
Volveré convertida en espuma
A las playas de un sueño fantástico.
Romperá mi cuerpo la ola,
Y yo,
Seré mágica efervescencia.
Y te acordarás de mí, siempre,
Cuando te asomes al inmenso balcón azulado
Y en millones de blancas espumas,
Verás romper
mi frágil cuerpo blanco.
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Las lagrimas de San Lorenzo nos advierten que las mareas
del pino pronto llegarán, es hora de recoger para que
no nos lleve las olas con ella; dejamos todo limpio, como lo encontramos,
tristes porque se acabo el verano y vuelta a empezar. Volvemos al campo o al
colegio, es tiempo para de nuevo trabajar, recolectar las almendras y el
conocimientos de los maestros, regar los frutales y las mentes, arar la tierra
y peinar la cabeza, cuidar a los animales y limpiarse los dientes con pasta de
menta clorificada, que antes te enjuagabas con iodo y cloruro sódico en la orilla del mar.
Regreso, ¡siendo más hermoso! me favorece el
moreno, ¡más fuerte!, comiendo los alimentos del mar, ¡más sabio! me adapto y cambio
con la naturaleza, ¡Para que pedir más! ¡Llego al hogar! La rutina, la
estabilidad, o la seguridad, ¡más para que pedir más!
Se caerán las hojas en el otoño, todo te resbala y no es por bañarte en aceite, a lo bueno se acostumbra uno, me entrará la magua de la mar y de los amores infantiles que dejamos atrás. Luego el frío invierno deseando una lluviosa primavera de flores, que anunciará de nuevo el retorno al mar, pronto nos bañaremos en las aguas cristalinas de un charcón y me secaré cubriendo mi cuerpo en la arena dorada de mi querida playa, la nuestra, la de Las Canteras. Nuestras vidas son barrancos que a la playa van a descansar, me escapé de un sueño en verano, pero siempre a Valsequillo, volveré.
Este precioso poema de MT tiene mas de 35 años. Me lo cedió la Pitu, y lo musiqué. Llevo toda la mañana intentando recordarlo para mecer a mi nieta luz, con tan bellas palabras.
ResponderEliminar¿ y los juegos de niños? Se sigue jugando a la piola, y al clavo? ¿ los jóvenes se tiran los membrillos maduros, embebidos de agua salada? ¡ que sustos pasaba cunado a mi viejo lo enterraban en arena, o se hacia el “muerto” en el mar y no había forma de darle al vuelta entre todos los hermanos! ¿ y los paseos hasta la orilla del mar cogida de la mano del “novio” cuando pagábamos prenda jugando al zapatito?
Recuperas lo mejor de mis recuerdos, y así me será mas fácil hacerlos historias. GRACIAS Lin.
Luz déjame la música
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